MÉXICO: LA PAZ QUE SE DESANGRA ENTRE ABRAZOS Y SILENCIOS.
Por Any Muñoz
Mientras el mundo libra guerras con misiles, drones y sanciones económicas, México libra la suya con “abrazos”.
Vaya ironía: en el país de los abrazos, los muertos siguen multiplicándose con una constancia que estremece.
Tan solo en Ucrania, tras tres años de guerra han cobrado 12,600 vidas. En Palestina, dos años de conflicto han dejado cerca de 68,000 muertos. Y en contexto mexicano, sin guerra declarada, sin invasores ni frentes armados, más de 220,000 personas han sido asesinadas entre el sexenio de Andrés Manuel López Obrador y los primeros meses del gobierno de Claudia Sheinbaum.
La diferencia no es solo numérica, sino moral. Mientras las guerras del mundo se justifican por territorios, credos o ideologías, la violencia mexicana carece de causa visible. Es una guerra sin nombre, pero con miles de víctimas; una paz estadística, sostenida por discursos que confunden la contención con el abandono.
Entre el símbolo y la omisión: ¿Cuál es realmente la narrativa de los abrazos?
Cuando en 2018 el lema “abrazos, no balazos” irrumpió en la esfera pública, lo hizo con una promesa: romper el ciclo de sangre iniciado con la guerra en contra del narcotráfico.
Era una narrativa moral, incluso pedagógica: “el Estado debía reconstruir el tejido social, no saturar las morgues”. Sin embargo, los abrazos se convirtieron en una metáfora de la pasividad estatal; una pedagogía de la resignación.
Y lo más grave no es el fracaso de la estrategia, sino la normalización de la tragedia. La violencia dejó de escandalizar; los asesinatos se han convertido no solo en ruido de fondo, sino en el pan de cada día, viéndonos ajenos a ello y con actitudes de completa indiferencia.
Desde la comunicación política oficial se ha venido repitiendo, una y otra vez, que el país “está mejor que antes”. Pero si ponemos atención en lo que es el periodismo de rigor —aquel que no teme mirar donde el poder no quiere que se mire— revela otra historia: la del México, que se vacía por dentro, que entierra a sus alcaldes, que calla a sus periodistas, que teme salir de noche y dejar a los niños ser niños jugando sin miedo a que les secuestren, trafiquen con ellos, los expongan a ser blancos de explotación sexual, y a sus jóvenes divertirse, disfrutar de su etapa o simplemente andar con la seguridad y confianza que debería existir en una ciudadanía que confía en su gobierno porque este es realmente garante de proveer de esa seguridad y esto en nombre de una paz que ya no existe.
Cuando gobernar se vuelve mortal
En menos de un año, diez alcaldes han sido asesinados en distintos puntos del país y lo más interesante de esto es que ninguno ha sido desvivido por fuego cruzado ni por operaciones militares. Todos ellos murieron, como muchos mexicanos, en tiempos de supuesta “paz”.
Acá compartimos la lista:
Alejandro Arcos Catalán – Chilpancingo, Guerrero – 06.10.24
Román Ruiz Bohórquez – Candelaria, Oaxaca – 15.10.24
Jesús Franco Lárraga – Tancanhuitz, SLP – 13.11.24
Mario Hernández García – Amoltepec, Oaxaca – 15.05.25
Isaías Rojas Ramírez – Metlatónoc, Guerrero – 02.06.25
Yolanda Sánchez Figueroa – Cotija, Michoacán – 03.06.25
Salvador Bastida García – Tacámbaro, Michoacán – 05.06.25
Acasio Flores Guerrero – Malinaltepec, Guerrero – 21.06.25
Miguel Bahena Solórzano – Pisaflores, Hidalgo – 20.10.25
Carlos Manzo Rodríguez – Uruapan, Michoacán – 01.11.25
El más reciente y, quizás, uno de los más simbólicos; es el atentado contra Carlos Manzo Rodríguez, alcalde de Uruapan, por las fechas en que sucedió; llevándose a acabo en plenas festividades de día de muertos, en un lugar público y a la vista de toda la ciudadanía. Dando pie a revivir imágenes de un caso que yace en el baúl de los recuerdos de quienes tenían la fe puesta en Luis Donaldo Colosio candidato a la presidencia por el Partido Revolucionario Institucional – PRI – en el año de 1994, dentro de las representaciones sociales que hizo el colectivo social derivado de los hechos acontecidos.
Y no solo por el cargo que ocupaba, sino por lo que representa Uruapan: un punto estratégico en el mapa del crimen organizado, donde las autoridades locales gobiernan entre la ley y el miedo. El ataque, perpetrado con precisión y brutalidad, no solo arrebató una vida.
Desnudó una verdad incómoda: la línea entre el poder político y el poder criminal se ha vuelto borrosa. Cada atentado que se deja pasar, cada crimen sin justicia envía un mensaje claro a los grupos armados: el Estado está ausente, la impunidad es norma y la muerte, rentable.
Si el asesinato de un alcalde —representante del Estado en su forma más cercana al ciudadano— puede quedar impune, te pregunto a ti que nos honras con tu lectura: ¿qué esperanza le queda al ciudadano común?
El costo del silencio: cuando el olvido se institucionaliza
Dejar pasar el atentado de Uruapan como “un hecho más” tendría consecuencias devastadoras. Y es que con ello no solo se continúa normalizando el crimen político, independientemente del color que se porte desde las trincheras electorales y partidos políticos; porque en general estamos hablando de una legitimación de cultura de miedo que erosiona la democracia desde sus cimientos.
Los municipios, células fundamentales de la gobernabilidad, se están convirtiendo en territorios sin ley, donde el voto no elige: obedece. Cada vez que un asesinato político queda sin respuesta judicial, el Estado pierde soberanía simbólica.
La sociedad pierde confianza. Y el crimen gana terreno, capital y narrativa volviéndose los protagonistas de una democracia impuesta por ellos y siendo los titulares de primera plana.
La impunidad deja de ser un problema legal para convertirse en una pedagogía del sometimiento: enseña a los ciudadanos a callar, a no denunciar, a mirar hacia otro lado.
Esa es la verdadera herida abierta que el periodismo no puede dejar de nombrar.
Comunicar la violencia, reeducar la conciencia
Desde el periodismo con vocación social, resulta urgente reeducar la narrativa sobre la violencia en México. No se trata de alimentar el pánico, sino de restituir la conciencia crítica de una ciudadanía anestesiada por la repetición. La tarea periodística no puede limitarse a la denuncia; debe también explicar, contextualizar, incomodar y despertar; esto, claro esperando no ser silenciados por los que realmente ostentan el poder.
En ese tenor, el periodismo, en su función pública, debe ser un acto de resistencia pedagógica: reeducar a la sociedad para volver a sentir, volver a exigir y volver a pensar el país que habitamos.
Entre el discurso y la verdad
Durante una de sus conferencias matutinas, la presidenta Sheinbaum cuestionó a la nación:
“¿Quieren que regresemos a la guerra de Calderón contra el crimen organizado?”
La pregunta, más que retórica, exhibe la trampa moral en la que México está atrapado: no se trata de volver a la guerra, sino de dejar de fingir la paz.
Porque la verdadera tragedia nacional no es que México esté en guerra, sino que no se atreva a reconocerlo.
Como parte de la reflexión final hay que recordar y sobre todo enfatizar que México no necesita elegir entre la mano dura y el abrazo blando.
Necesita un Estado presente, una justicia eficaz, una ciudadanía informada y una prensa libre, donde se nos respete el derecho constitucional de libre expresión sobre todo cuando las causales de lo que se expresa y comunica se sustenta con pruebas.
Sencillamente necesita volver a mirar sus heridas sin miedo y reconstruir la esperanza sin consignas.
La paz no se decreta desde un podio; se construye con verdad, con memoria y sobre todo con educación cívica.
Datos del autor (a): Comunicadora educativa | conductora del podcast live Reeduca por Proyéctate Radio en México y del programa de radio digital Sanando Heridas por Visión Global Radio TV y Radio Encuentro de Líderes en México, Puerto Rico y España. Docente | Conferencista Internacional | Escritora en la Revista Proyéctate Magazine Plus | Comunicóloga | Maestra en Administración Electora | Doctora Honoris Causa Internacional de Excelencia cívica y Compromiso Humanitario Custodios de la Dignidad Humana.

