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COLUMNISTASOrlando Goncalves

Nada que perder.

Por Orlando Goncalves

Mientras la gente sigue en las calles, el gobierno sigue ausente y pareciera que el país está sin rumbo.

Las protestas en Panamá se han extendido por más de tres semanas. El país está semi paralizado económicamente, pues el cierre de calles y carreteras comienza a profundizar la baja de inventarios en materia de comida, medicamentos y cualquier clase de insumos.

La decisión de protestar es compleja y personal. Depende de la situación específica, la cultura, la historia y la mentalidad de cada individuo. La mezcla de emociones y la percepción de la situación influyen en su elección de alzar la voz y luchar por un cambio.

Si bien quienes salieron en un principio a las calles fueron miles de ciudadanos, ahora quienes liderizan los cierres de calles y carreteras son sindicatos y gremios de distintos orígenes los cuales tienen claramente una agenda política y las protestas, son parte de su agenda.

Sin embrago, la decisión de decir “no tengo nada que perder” y salir a protestar puede estar impulsada por una combinación de emociones y circunstancias, y eso fue lo que motivó a que millares de panameños salieran a las calles como forma de expresar esos sentimientos, pero de nueva vuelta, una protesta legítima, encabezada por los ciudadanos, ahora se está politizando, y posiblemente desvirtuando de sus orígenes.

Cuando se trata de analizar los orígenes de las protestas, vemos que hay distintos sentimientos y emociones que salieron a relucir como, por ejemplo, la desesperación, pues cuando las personas se sienten atrapadas en situaciones difíciles, como la pobreza, la desigualdad o la falta de oportunidades, y pueden llegar a un punto en el que sienten que no tienen nada más que perder. La desesperación puede impulsarlos a actuar y protestar en busca de un cambio.

Otras emociones, no menos poderosas son la ira y frustración. Cuando los ciudadanos sienten la injusticia, la corrupción gubernamental, la discriminación y otros problemas sociales pueden generar ira y frustración. Pero, más grave aún, cuando estas emociones se acumulan y no se ven soluciones, algunas personas deciden manifestarse como una forma de liberar su indignación y exigir justicia. Quizás esto último es lo que hoy hace que buena parte de la población respalde las protestas, aunque ya no estén en las calles, pues tienen que seguir con sus vidas -trabajo, subsistencia, prioridades personales, etc.-

Lo anterior implica que la solidaridad y la empatía, hace que las personas se unen en protestas porque sienten empatía por los demás. Pueden identificarse con las luchas de otros y creer que alzar la voz colectivamente puede marcar la diferencia. La solidaridad y la conexión con una causa común pueden ser poderosas motivaciones. La pregunta es, ¿hasta cuándo los ciudadanos seguirán respaldando a quienes hoy protestan? Quizás esta haya sido la apuesta -peligrosa y arriesgada- por lo demás del gobierno del presidente Cortizo.

Y es una apuesta, pues el sentido de propósito aun sigue presente en mucha gente. El participar en protestas les da las personas un sentido de propósito y significado, pues sienten que están contribuyendo a un cambio positivo y defendiendo sus valores y creencias. Esto puede ser especialmente cierto cuando se enfrentan a una acumulación de frustraciones por problemas no resueltos.

Claro estás, la protesta también tiene en si emociones positivas como la esperanza y la determinación pues, aunque puedan sentir que ya no tienen nada que perder, también pueden albergar la esperanza de que sus acciones tengan un impacto positivo sobre sus vidas, las de sus familias y la sociedad en general. Esta determinación de luchar por un futuro mejor puede superar el miedo a las consecuencias.

Los ejemplos abundan en el mundo, y Panamá, a lo largo de historia también ha dado ejemplo de ello, demostrando que cuando sienten que no tienen nada que perder, están dispuestos a alzar la voz y luchar por un cambio significativo.

El ejecutivo ya tomó sus decisión, huir hacia adelante y jugar al desgaste, así que el liderazgo del país, más allá del ejecutivo, comenzando por los líderes empresariales, la sociedad civil organizada, los sectores de la academia, la cultura, el judicial, entre otros, quizás deberían enfocarse en retomar el rumbo del país, y cada quien desde su espacio contribuir no solo a restablecer la Paz, sino a resolver el cúmulo de situaciones que generaron estas protestas, donde la apuesta de los ciudadanos pareciera decir, “no tengo nada que perder”, aunque el país si está perdiendo día a día.

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