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COLUMNISTASOrlando Goncalves

MÉXICO: CAMBIO DE ERA.


Por Orlando Goncalves

La reciente elección en México deja lecciones que deben ser un llamado de atención para los líderes políticos. Analizar el tema en un artículo exige mucha síntesis y no permite profundizar en tópicos dignos de destacar. Sin embargo, trataré de esbozar lo más básico, temas con que este servidor alertó a dirigentes de oposición, pero evidentemente no entendieron lo de los cambios en la nueva Era.

La elección del presidente López Obrador en 2018 fue un punto de inflexión en la democracia mexicana. Ese triunfo representó el hartazgo de buena parte de la sociedad con la clase dirigencial del país (política, empresarial, sindical, judicial, académica, cultural, etcétera).

Los partidos de oposición no lograron entender que esa elección fue un punto de quiebre de la manera convencional de hacer política, que el juego había cambiado y se estaban generando nuevas reglas en la interacción política y en la relación del ciudadano con la política, los partidos y el Estado.

Durante su mandato el presidente López Obrador logró controlar la agenda mediática del país; las famosas “Mañaneras” (programa diario del presidente conversando con medios, muchos de ellos alternativos), lograba que los temas que se discutían en el país los pusiera el presidente.

Mientras el presidente hacia política, ampliando los programas sociales con ayudas directas, aumentando los salarios, e impulsando su idea de la “4T” o cuarta transformación como modelo de país; la oposición se limitaba a criticar y atacar al presidente, pero, rara vez proponían aporte alguno. Dicho de otra manera, no hacían política, no generaban contraste por vía de propuestas alternas.

Sumado a lo anterior, los partidos tradicionales, Acción Nacional (PAN), Revolucionario Institucional (PRI) y de la Revolución Demócrata (PRD) resuelven hacer alianzas electorales para enfrentar al partido del presidente Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), alianza que, al ser meramente electoral, fue percibida como una componenda política para tratar de acceder al poder a través de un reparto burocrático entre los partidos de la alianza opositora. Los resultados en múltiples elecciones fueron siempre adversos, puesto que la alianza no se hizo con los ciudadanos, integrando a los diversos sectores de la sociedad, y mucho menos en función de crear un sueño compartido de país, que los ciudadanos pudieran contrastar con la 4T.

Así que, la oposición siguió en su camino de la discusión política (o politiquera) mientras el presidente López Obrador continuaba haciendo política, manejando la agenda mediática, persistiendo con su plan de la 4T, aumentando el alcance de los programas sociales, con ayudas directas en metálico, y, estigmatizando a todo aquello que se le oponía; marcando una línea divisoria entre el pasado y el futuro. Así la acción del gobierno de volver la mirada a los desfavorecidos, extendiendo la ayuda básica, haciéndole sentir a la población empobrecida, marginada, sintierra, que llegó alguien que voltea a mirarlos, les reconoce, les da identidad, pero, sobre todo, les tendía la mano.

En el fondo el presidente López Obrador se transformó en un héroe que, por un lado, ayudaba a reconstruir un tejido social abandonado, y por otro, estigmatiza y ataca a sus detractores, haciendo sentir a esos grupos sociales que habían encontrado a su vengador, a la persona que estaba castigando a aquellos que, por su mala gestión, los tenían en el abandono.

Recordemos que en toda historia el héroe es intocable; atacarle y golpearle, tiene un efecto bumerán sobre quien ataca. Eso jamás lo entendió la oposición. Se debía atacar la gestión más no al héroe; se podía inducir a la población y mostrarle que su realidad no había cambiado sustancialmente; y solo en ese momento, entonces, presentar un sueño de país alterno, un proyecto alternativo a la 4T, pero solo se dedicaron a atacar.

En la campaña a la presidencia Claudia Sheinbaum planteo continuidad de las 4T (sea lo que sea que ello signifique) se ancló en potenciar aun más los programas sociales y su alcance, y por supuesto, presentarse muy cerca del presidente que hasta hoy mantiene cifras cercanas al 60% de aprobación.

Por otro lado, Xóchitl Gálvez trató de plantear un cambio, pero, nunca quedo del todo claro, un cambio hacia qué. Era tan difusa la propuesta que hasta la mayoría de las clases media y medias altas le votaron a Sheinbaum, puesto que sentían más empatía y seguridad por esta propuesta y no en la de Gálvez.

Los partidos políticos tradicionales, hoy en oposición, si tienen verdadera vocación de administración al pueblo mexicano, deberán realizar un proceso de reingeniería; abrir las puertas para integrar la gran diversidad social, reenfocar las prioridades que, deben no solo ser el acceso al poder, sino un verdadero plan para construir un gran acuerdo social, con principios esenciales de igualdad, justicia, equidad, desarrollo sostenible y respeto por los derechos humanos. Esto no es utópico, es una necesidad imperante en las nueva Era.

Por último, la presidenta electa, dejando de lado las profundas diferencias, tiene en sus manos el poder para hacer invitación a la reconciliación política, exigencia vital para la estabilidad y el progreso de la nación, tendiendo puentes generadores de concesos y acuerdos en un marco básico para la reconstrucción y el desarrollo del país.

Tanto el nuevo gobierno como la oposición, tienen la oportunidad de ofrecer lo mejor para el bien de México y los mexicanos para las nuevas Eras.

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