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Carlos FaraCOLUMNISTAS

El reino de la confrontación: ¿tiene futuro la Argentina de la grieta?

 

Por Carlos Fara 

 

Cuando se analiza el estilo de un gobernante se debe partir de tres cuestiones básicas:

1) No hay estilos buenos o malos per se, sino que depende de la personalidad de cada uno: la estrategia es un traje a medida.
2) No necesariamente un determinado estilo da resultado todo el tiempo, sino que hay fases en las que algo funciona y en otras no.
3) A cada contexto le corresponde un cierto estilo plasmado en un personaje específico.

Dicho esto, partimos de la base de que no se debe generalizar. Para un momento de grave crisis económica, la gente necesita liderazgos fuertes que transmitan que se tiene el control del volante –Menem, Kirchner- mientras que en otros la mayoría reclama formas menos estruendosas –De la Rúa, Macri-. Esto es independiente del balance final que los ciudadanos hacen de un gobierno, en donde el estilo influye, pero desde ya no es el factor central.

Pero la consideración de factores no concluye acá. Una cuarta cuestión es con cuánto poder político llega cada uno, lo cual hará también que un estilo confrontativo tenga mayor o menor sentido. Por ejemplo, a Néstor Kirchner le cuadraba por personalidad y por haber llegado con el 22 % de los votos, sin haber podido reivindicarse en un ballotage, muy diferente a Carlos Menem 1989. Y aquí viene un quinto punto que es de quién se quiere diferenciar. El riojano arribó con mucho poder, pero debía mostrarse con la garra que había perdido por el camino Raúl Alfonsín. El santacruceño –por su lado- estaba obligado a mostrar que no era De la Rúa, pero tampoco Duhalde.

Como se ve, el esquema interpretativo de un determinado liderazgo es bastante complejo. El año pasado llegaron a la instancia final con mayores posibilidades 3 personas de carácter fuerte, lo cual ayudaba a diferenciarse del desdibujado Alberto Fernández.

Ahora utilicemos los factores identificados para encuadrar estratégicamente al Milei presidente:

  1. Tiene una personalidad fuerte / confrontativa / vehemente. Ergo, es lo que le sale.
    2. Debe mostrar autoridad presidencial, decaída con Alberto.
    3. Debe mostrarse fuerte desde una triple debilidad: a) su fuerza política e institucional es pequeña; b) se duda en función de su inexperiencia; y c) llega en ballotage habiendo perdido la primera vuelta.
    4. La sociedad confía más en alguien de carácter frente a una mega crisis.
    5. Los actores a los que se enfrenta no son “nenes de pecho” (UP, gobernadores, sindicatos, movimientos sociales, empresarios corporativos, etc.).
    6. Parte de una concepción refundacional de la Argentina.

Aquí se ven 6 factores que explican / justifican estratégicamente “por qué es en general la confrontación y no más bien la moderación”, parafraseando a Heidegger. Este fenómeno se da más típicamente en liderazgos que tratan de polarizar con el establishment político, como los casos de Trump, Bukele, Bolsonaro o López Obrador, solo por hablar de algunos que llegaron al poder efectivamente.

Este tipo de liderazgos, por otra parte, tratan de relacionarse con sus seguidores antagónicamente, buscando que los mismos sean más bien fans de una celebridad, y no militantes o adherentes tradicionales. Al igual que el ex presidente americano, cultiva la cultura de la celebridad en la era del espectáculo, y así toman distancia de la política tradicional.

Esa es la descripción de la dinámica relacional entre líder y votantes. Que lo logre y se consolide en el tiempo, es otro tema. Al menos, en los casos estadounidense y brasileño no les permitió permanecer en el poder. Veremos qué sucede en el futuro. Por otro lado, todos los casos mencionados son figuras no outsiders, sino fuertes críticos del statu quo, que es distinto. En este sentido, Milei sería un laboratorio con sus propias peculiaridades.

Al tratarse de un fenómeno fuera del patrón habitual, no es aconsejable examinarlo con las mismas reglas de los tradicionales, es decir, de aquellos que hicieron el cursus honorum habitual dentro del sistema político. Entre otras cosas, porque su llegada al poder, implica que los parámetros de la propia sociedad se han modificado, al menos coyunturalmente. En este caso, la mayoría decidió correr un riesgo con una figura sin mayor experiencia política y de gestión estatal. Eso puede significar que a) la opción alternativa no daba suficiente confianza, y/o b) la oferta ganadora disparó una expectativa especial.

Más allá de todos esos elementos, el mundillo político – mediático – empresarial – consultoril se pregunta 1) si es efectivo ese estilo presidencial, y 2) cuánto tiempo se puede sostener en el tiempo. En los dos primeros meses la evaluación positiva de la nueva gestión y de su imagen personal bajó.

¿Cuál es el problema de la dinámica confrontativa constante? No todos los contextos son iguales, por eso es que no se debe extrapolar de manera lineal. El cansancio que en su momento generó el kirchnerismo tuvo que ver precisamente con utilizar la confrontación como elemento de política cotidiana. Ya sabemos lo que pasó con la llamada “crisis del campo” en 2008: el grado de tensión se volvió tan insoportable que la aprobación inicial del gobierno de CFK se cayó como un piano y le costó unos dos años volver a tener balance positivo (crisis económica mundial mediante y sequía 2009).

Las sociedades no pueden vivir en el clima de una “revolución permanente”, mucho menos en el contexto valorativo individualista del siglo XXI. Ergo, la mayoría social puede acompañar un tiempo, pero luego se desgasta en el fragor de la lucha. Tarde o temprano, en un marco democrático y libertad de opinión, predomina la evaluación por los resultados. En el caso argentino, se tratará de ver si afloja o no la inflación, y qué costo se hace soportable. Si los resultados no aparecen en un tiempo prudencial, el ojo ciudadano pasará por “peléate menos y ocúpate más de solucionar los problemas”. La sensación de distracción habitualmente es penalizada.

Acá aparece la letra chica del contrato de Milei con el electorado: ¿lo votaron para bajar la inflación, para sacar al kirchnerismo, o para terminar con los privilegios de “la casta”? La respuesta es que sobre todo para lo primero. Lo segundo deriva del estado de insatisfacción con la administración anterior. Lo tercero era la expresión del malestar, pero no el gran objetivo. Solo como indicador debe tenerse en cuenta que “terminar con el kirchnerismo”, como planteaba Bullrich como lema central en su campaña, solo obtuvo el 24 % de los votos.

Un aspecto más por analizar es la contradicción entre la necesidad identitaria y lo que le exige al presidente el proceso político – institucional, dado que el de la LLA es el gobierno parlamentariamente más débil en estos 40 años de democracia. Dice un proverbio chino que quien persigue dos liebres, no caza ninguna. Todo ejercicio estratégico implica concentrarse y no dispersarse.

Nada le asegura al presidente que con la confrontación pueda consolidar una mayoría en la opinión pública, dado que ésta es esencialmente líquida en los tiempos que corren, y el contexto argentino no parece el de EE.UU. 2016 – 2020, por ejemplo. De modo que puede ser “pan para hoy y hambre para mañana”. Al mismo tiempo, los socios eventuales no se sienten cómodos con que se los utilice públicamente al servicio de una estrategia discursiva – electoral.

Por lo tanto, pronóstico reservado para la estrategia de confrontación, aunque también es una concepción del poder, no solo una necesidad pragmática. Las cuestiones axiomáticas son más difíciles que se modifiquen en un proyecto político como éste.

Fuente: https://www.newsweek.com.ar/opinion/

 

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